El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Cárcel! ¡Horca!… —exclamó—. ¡He aquí todo lo que los reyes sabéis! Pero yo no me asusto. Escuchadme otro poco, que voy a concluir. Yo, señor, necesito ser médico de cámara, obtener un título de duque y ganar hoy mismo treinta mil pesos… ¿Se ríe vuestra majestad? ¡Pues los necesito tanto como vuestra majestad saber si Luis I morirá de las viruelas!
—¿Y qué? ¿Lo sabes tú? —preguntó el Rey en voz baja, sin poder sobreponerse al terror que le causaba aquel muchacho.
—Puedo saberlo esta noche.
—¿Cómo?
—Ya os he dicho que soy amigo de la Muerte. —¿Y qué es eso? ¡Explícamelo!
—Eso… ¡Yo mismo lo ignoro! Llevadme al palacio de Madrid. Hacedme ver al Rey reinante, y yo os diré la sentencia que el Eterno haya escrito sobre su frente.
—¿Y si te equivocas? —dijo el de Anjou acercándose más a Gil Gil.
—¡Me ahorcáis!…, para lo cual me retendréis preso todo el tiempo que os plazca.
—¡Conque eres hechicero! —exclamo Felipe por justificar de algún modo la fe que daba a las palabras de Gil Gil.