El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Señor, ya no hay hechizos! —respondió éste—. El último hechicero se llamó Luis XIV, y el último hechizado, Carlos II. La corona de España, que os mandamos a ParÃs hace veinticinco años envuelta en el testamento de un idiota, nos rescató de la cautividad del demonio en que vivÃamos desde la abdicación de Carlos V. Vos lo sabéis mejor que nadie.
—Médico de cámara…, duque… y treinta mil pesos… —murmuró el Rey.
—¡Por una corona que vale más de lo que pensáis! —respondió Gil Gil.
—¡Tienes mi real palabra! —añadió con solemnidad Felipe V, dominado por aquella voz, por aquella fisonomÃa, por aquella actitud llena de misterio.
—¿Lo jura vuestra majestad?
—¡Lo prometo! —respondió el francés—. ¡Lo prometo si antes me pruebas que eres algo más que un hombre!
—¡Elena…, serás mÃa! —balbuceó Gil.
El Rey llamó al capitán y le dio algunas órdenes.
—Ahora… —dijo—, mientras se dispone tu marcha a Madrid cuéntame tu historia y explÃcame tu ciencia.
—Voy a complaceros, señor; pero temo que no comprendáis ni la una ni la otra.
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