El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Descuida! —replicó la Muerte con una tristeza y una solemnidad, con una ternura y una alegría, con tantos y tan distintos efectos en la voz, que Gil renunció, desde luego, a la esperanza de comprender aquella palabra.
—¡Espera! —dijo, por último, viendo que el ser enlutado se alejaba—. Repíteme aquello de las horas, pues no quiero equivocarme… Si estás en la habitación de un enfermo, pero no lo miras, significa que el paciente muere de aquella enfermedad…
—¡Cierto! Mas si estoy de cara a él, fenece dentro del día… Si yazgo en su mismo lecho, le quedan tres horas de existencia… Si lo encuentras entre mis brazos, no respondas sino de una hora… Y si me ves besarle la frente, reza un credo por su alma.
—¿Y no me hablarás ni una palabra?
—¡Ni una! Carezco de permiso para revelarte de esa manera los propósitos del Eterno. Tu ventaja sobre los demás hombres consiste solamente en que soy visible para ti. Conque adiós, ¡y no me olvides!
Dijo, y se desvaneció en el espacio.
La cámara real
Gil Gil penetró en la regia morada ni arrepentido ni contento de haber entablado relaciones con la personificación de la Muerte.