El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Mas no bien pisó las escaleras del palacio y recordó que iba a ver a su idolatrada Elena, todas sus ideas lúgubres desaparecieron, como huyen las aves nocturnas al despuntar el día.
Con lucido acompañamiento de palaciegos y de otros personajes de la nobleza, atravesó Gil Gil galerías y salones, dirigiéndose a la cámara real, y por cierto que todos admiraban la extraña hermosura y tierna juventud del famoso médico que Felipe V enviaba desde La Granja como última apelación del humano poder para salvar la vida de Luis I.
Allí estaban las dos Cortes: la de Luis y la de Felipe.
Eran éstas, por decirlo así, los poderes rivales, que hacía una semana vivían en constante guerra; eran los antiguos servidores de la primera rama de Borbón y los nuevos que el Regente de Francia, Felipe de Orleáns el Generoso, había agrupado alrededor del trono de España para evitar que el ambicioso ex-duque de Anjou saltase desde él al trono de su abuelo; eran, en fin, los cortesanos del dócil niño que yacía moribundo, y los de su bella esposa, la indomable hija del Regente, la renombrada duquesa de Montpensier.
Los allegados a Isabel de Farnesio, madrastra de Luis I, deseaban que éste muriese para que los hijos del segundo matrimonio de Felipe V se hallasen más cerca de la corona de San Fernando.