El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Los partidarios de la joven Orleáns, de la Reina hija, deseaban que el enfermo se salvase, no por amor a los mal avenidos esposos, sino en odio a Felipe V, a quien no querían ver reinar nuevamente.
Los amigos del desgraciado Luis temblaban a la idea de que muriese, porque, habiéndole inducido ellos a sacudir la tutela en que lo tenía el solitario de La Granja, sabían muy bien que al volver éste al trono lo primero que haría sería desterrarlos o prenderlos.
El palacio era, pues, un laberinto de encontrados deseos, de opuestas ambiciones, de intrigas y recelos, de temores y esperanzas.
Gil Gil penetró en la cámara buscando con la vista a una sola persona: a su inolvidable Elena.
Cerca del lecho del Rey vio al padre de ésta, al grande amigo del difunto conde de Rionuevo, al duque de Monteclaro, en fin, el cual hablaba con los arzobispos de Santiago y de Toledo, con el marqués de Mirabal y con don Miguel de Guerra, los cuatro más encarnizados enemigos de Felipe V.
El duque de Monteclaro no reconoció al antiguo paje, compañero de infancia de su encantadora hija.
En otro lado, y no sin cierta impresión de miedo, el amigo de la Muerte vio, entre las damas que rodeaban a la joven y hermosa Luisa Isabel de Orleáns, a su implacable y eterna enemiga: la condesa de Rionuevo.