El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Gil Gil pasó casi rozando con su vestido al ir a besar la mano a la Reina.
La condesa no reconoció tampoco al hijo natural de su marido.
En esto se levantó un tapiz detrás del grupo que formaban las damas, y apareció, entre otras dos o tres, que Gil Gil no conocía, una mujer alta, pálida, hermosísima…
Era Elena de Monteclaro.
Gil Gil la miró intensamente y la joven se estremeció al ver aquella fúnebre y bella fisonomía, cual si contemplara el espectro de un difunto adorado: cual si tuviese ante sus ojos, no a Gil, sino su sombra envuelta en la mortaja; cual si viese, en fin, un ser del otro mundo.
¡Gil en la Corte! ¡Gil consolando a la Reina, a aquella princesa altiva y burlona que todo lo desdeñaba! ¡Gil, con aquel lujoso traje, mirado y considerado de toda la nobleza!…
«¡Ah! ¡Sin duda es un sueño!» —pensó la encantadora Elena.
—Venid, doctor… —dijo en esto el marqués de Mirabal—: Su majestad ha despertado.
Gil hizo un penoso esfuerzo para sacudir el éxtasis que embargaba todo su ser al verse enfrente de su adorada, y se acercó a la cama del virulento.