El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte «Morirá de esta enfermedad, pero no hoy» —pensó Gil Gil.
—¿Qué os parece? —le preguntó el arzobispo de Toledo, sintiendo, como todos, aquel invencible respeto que infundÃa el rostro sobrehumano de nuestro joven.
—Dispensadme… —respondió el ex-zapatero—. Mi opinión queda reservada para el que me envÃa…
—Pero vos… —añadió el marqués de Mirabal—, vos, que sois tan joven, no podéis haber aprendido tanta ciencia… Indudablemente, Dios o el diablo os la ha infundido… Seréis un santo que hace milagros o un mago amigo de las brujas.
—Como gustéis… —respondió Gil Gil—. De un modo o de otro, yo leo en el porvenir del prÃncipe que yace en ese lecho; secreto por el cual dierais alguna cosa, pues resuelve la duda de si mañana seréis el privado de Luis I o el prisionero de Felipe V.
—¡Y qué! —balbuceó el de Mirabal, pálido de ira, pero sonriendo levemente.
En esto reparó Gil Gil en que la Muerte, no contenta con acechar al Monarca, aprovechaba su permanencia en la cámara real para sentarse al lado de una dama…, casi en su misma silla…, y mirarla con fijeza.
La sentenciada era la condesa de Rionuevo.
«¡Tres horas!» —pensó Gil Gil.