El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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—Necesito hablaros… —seguía diciéndole, entretanto, el marqués de Mirabal, a quien se le había ocurrido nada menos que comprar su secreto al extraño médico.

Pero una mirada y una sonrisa de Gil, que adivinó los pensamientos del marqués, desconcertaron a éste de tal modo que retrocedió un paso. Aquella mirada y aquella sonrisa eran las mismas que habían dominado por la mañana a Felipe V.

Gil aprovechó aquel momento de turbación de Mirabal para dar un gran paso en su carrera y fijar su reputación en la corte.

—Señor… —dijo al arzobispo de Toledo—. La condesa de Rionuevo, a quien veis tranquila y sola en aquel rincón… (ya sabemos que la Muerte sólo era visible a los ojos de Gil), morirá antes de tres horas. Aconsejadle que disponga su espíritu para el supremo trance.

—¿Qué es eso? —preguntó don Miguel de Guerra.

El prelado contó a varias personas las profecías de Gil Gil, y todos los ojos se fijaron en la condesa, que, efectivamente, empezaba a palidecer horriblemente.

Gil Gil, entretanto, se acercaba a Elena.

Elena estaba en medio de la cámara, de pie sobre el mármol del pavimento, inmóvil y silenciosa como una noble escultura.


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