El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Desde allÃ, fanatizada, subyugada, poseÃda de un terror y de una felicidad que no podÃan definirse, seguÃa todos los movimientos del amigo de su infancia.
—Elena… —murmuró el joven al pasar a su lado.
—Gil… —contestó ella maquinalmente—. ¿Eres tú?
—¡SÃ, soy yo! —replicó él con idolatrÃa—. Nada temas…
Y salió de la habitación.
El capitán lo esperaba en la antecámara.
Gil Gil escribió algunas palabras en un papel, y dijo al fiel servidor de Felipe V:
—Tomad… y no perdáis un momento. ¡A La Granja!
—Pero… ¿y vos? —replicó el capitán—. Yo no puedo dejaros. Estáis preso bajo mi custodia.
—Lo estaré bajo mi palabra… —respondió Gil con nobleza—. No puedo seguiros.
—Mas… el Rey.
—El Rey aprobará vuestra conducta.
—¡Imposible!
—Escuchad, y veréis cómo tengo razón.
En ese momento se oyó en la cámara real un fuerte murmullo.
—¡El médico! ¡Ese médico!… —salieron gritando algunas personas.