El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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—¡La condesa!

—La condesa.

—¡Oh!… —exclamó el joven, dando un paso hacia el lecho de agonía.

—Espera —dijo la Muerte—. No he concluido aún. La condesa conserva también el testamento de su marido, que casi me arrebató de las manos…

—¿A ti?

—Digo a mí porque el conde estaba ya medio muerto. En cuanto al cura y al escribano, yo te diré dónde viven, y creo que declararán la verdad.

—Gil Gil meditó un momento.

Luego, mirando fijamente al fúnebre personaje:

—Es decir… —exclamó—, que si logro apoderarme de esos documentos…

—Mañana puedes casarte con Elena.

—¡Oh, Dios! —murmuró el joven dando otro paso hacia el lecho.

Allí se volvió de nuevo hacia la Muerte.

Los cortesanos no comprendían lo que pasaba en el corazón de Gil Gil. Creíanle solo, o luchando con la visión milagrosa a que debía su peregrina ciencia; pero era tal el terror que ya les inspiraba, que ninguno se atrevía a interrumpirlo.

—Dime —añadió el ex-zapatero dirigiéndose a su tremenda compañía—, y ¿cómo es que la condesa no ha quemado esos papeles?


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