El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Tomó la luna el color amarillento de la cera que alumbra los templos el Viernes Santo; alzóse un viento tan frío, que hizo gemir de dolor a los árboles cargados de frutos; sintióse el lejano ladrido de muchos perros, o más bien largos aullidos de funeral augurio, y hasta pareció oírse allá, muy alto, en la región de las nubes, el destemplado son de innumerables campanas que tocaban a muerto…
Gil Gil percibió todas estas cosas y cayó de hinojos delante de su antagonista.
—¡Piedad! ¡Perdón! —le dijo con indescriptible angustia.
—Estás perdonado… —respondió la Muerte, ocultando su guadaña.
Y como si todo aquel fúnebre aparato de la Naturaleza hubiera provenido del furor de la negra divinidad, no bien lució una sonrisa en los labios de ésta, calmóse el frío de la atmósfera, callaron las campanas, dejaron de aullar los perros y brilló la luna tan dulcemente como al principio de la noche.
—¡Has pretendido luchar conmigo! —exclamó la Muerte con buen humor—. ¡Al fin, médico! Levántate, infeliz; levántate, y dame la mano. Te he dicho ya que no temas nada por esta noche.