El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Tú la adoras! ¡Eso es!… La habÃas perdido para siempre; eras un miserable zapatero, y ella se iba a casar con un magnate; me interpongo entre vosotros y te hago rico, noble, afamado; te libro de tu rival; te reconcilio con tu enemiga y me la llevo al otro mundo; te doy, en fin, la mano de Elena, y ¡he aquà que en este momento me vuelves la espalda, te olvidas de mà y te pones una venda en los ojos para no verme!… ¡Insensato! ¡Tan insensato como los demás hombres! ¡Ellos, que deberÃan estar viéndome siempre con la imaginación, se ponen la venda de las vanidades del mundo y viven sin dedicarme un recuerdo hasta que llego a buscarlos! ¡Mi suerte es bien desgraciada! ¡No guardo memoria de haberme acercado a un mortal sin que se haya asustado y sorprendido como si no me esperase nunca! ¡Hasta los viejos de cien años creen que pueden pasar sin mÃ! ¡Tú, por tu parte, que tienes el privilegio de verme con los sentidos fÃsicos, y que no podrÃas olvidarte de mà asà como quiera, te pusiste el otro dÃa ante los ojos un olvido material, una venda de trapo, y hoy te encierras en un jardÃn solitario y te crees libre de mà para siempre! ¡Imbécil! ¡Ingrato! ¡Mal amigo! ¡HOMBRE…, y esto lo dice todo!
—Y bien… —tartamudeó Gil Gil, a quien la confusión y la vergüenza no habÃan hecho desistir de su recelosa curiosidad—, ¿a qué vienes a mi casa?