El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte En la isla de los Pájaros era mediodía.
Mil otras islas aparecieron a sus ojos por todos lados.
En cada una de ellas había costumbres, religión, ocupaciones diferentes. ¡Y qué variedad de trajes y ceremonias!
Así llegaron a China, donde estaba amaneciendo.
Este amanecer fue un anochecer para nuestros viajeros.
Otras estrellas distintas de las que habían visto con anterioridad decoraron la bóveda celeste.
La luna volvió a brillar hacia Levante, y se ocultó en seguida.
Ellos continuaban volando con más rapidez que gira la tierra sobre su eje.
Cruzaron, en fin, el Asia, donde era de noche; dejáronse a la izquierda las cordilleras del Himalaya, cuyas eternas nieves brillaban a la luz de los luceros; pasaron por las orillas del mar Caspio; viraron un poco hacia la izquierda e hicieron alto en una colina al lado de cierta ciudad, donde era medianoche en aquel momento.
—¿Qué ciudad es ésa? —preguntó Gil Gil.
—Estamos en Jerusalén —dijo la Muerte.
—¿Ya?
—Sí… Poco nos falta para haber dado la vuelta a la tierra. Me detengo aquí porque oigo las doce de la noche y no dejo de arrodillarme nunca a esta hora.