El clavo
El clavo III. Catástrofe
¡Desventurado! No bien dije una palabra galante a la beldad, conocà que habÃa puesto el dedo sobre una herida…
En el momento perdà todo lo que habÃa ganado en su opinión.
Asà me lo dijo una mirada indefinible que cortó la voz de mis labios.
—Gracias, señor, gracias —me dijo luego, al ver que cambiaba de conversación.
—¿He enojado a usted, señora?
—SÃ; el amor me horroriza. ¡Qué triste es inspirar lo que no se siente! ¿Qué harÃa yo para no agradar a nadie?
—¡Algo es menester que usted haga, si no se complace en el daño ajeno!… —repuse muy seriamente—. La prueba es que aquà me tiene pesaroso de haberla conocido… ¡Ya que no feliz, por lo menos yo vivÃa ayer en paz…, y ya soy desgraciado, puesto que la amo a usted sin esperanza!
—Le queda a usted una satisfacción, amigo mÃo… —replicó ella sonriendo.
—¿Cuál?
