El clavo
El clavo —Que si no acojo su amor, no es por ser suyo, sino porque es amor. Puede usted, pues, estar seguro de que ni hoy, ni mañana, ni nunca… obtendrá otro hombre la correspondencia que le niego. ¡Yo no amaré jamás a nadie!
—Pero ¿por qué, señora?
—¡Porque el corazón no quiere, porque no puede, porque no debe luchar más! ¡Porque he amado hasta el delirio…, y he sido engañada! En fin, ¡porque aborrezco el amor!
¡MagnÃfico discurso! Yo no estaba enamorado de aquella mujer. Inspirábame curiosidad y deseo, por lo distinguida y por lo bella; pero de esto a una pasión habÃa todavÃa mucha distancia.
AsÃ, pues, al escuchar aquellas dolorosas y terminantes palabras, dejó la contienda mi corazón de hombre y entró en ejercicio mi imaginación de artista. Quiere esto decir que comencé a hablar a la desconocida un lenguaje filosófico y moral del mejor gusto, con el que logré reconquistar su confianza, o sea, que me dijese algunas otras generalidades melancólicas del género Balzac.
Asà llegamos a Málaga.
Era el instante más oportuno para saber el nombre de aquella singularÃsima señora.