El clavo
El clavo Yo me hice el desentendido por el momento, y hablé a Zarco de cosas indiferentes.
En esto penetramos en su elegante casa.
—¡Diantre, amigo mÃo! —no pude menos de exclamar—. ¡Vives muy bien alojado!… ¡Qué orden, qué gusto en todo! ¡Necio de mÃ!… Ya caigo… Te habrás casado…
—No me he casado… —respondió el juez con la voz un poco turbada—. ¡No me he casado, ni me casaré nunca!…
—Que no te has casado, lo creo, supuesto que no me lo has escrito… ¡Y la cosa valÃa la pena de ser contada! Pero eso de que no te casarás nunca, no me parece tan fácil ni tan creÃble.
—¡Pues te lo juro! —replicó Zarco solemnemente.
—¡Qué rara metamorfosis! —repuse yo—. Tú, tan partidario siempre del séptimo sacramento; tú, que hace dos años me escribÃas aconsejándome que me casara, ¡salir ahora con esa novedad!… Amigo mÃo, ¡a ti te ha sucedido algo, y algo muy penoso!
—¿A m� —dijo Zarco estremeciéndose.
—¡A ti! —proseguà yo—. ¡Y vas a contármelo! Tú vives aquà solo, encerrado en la grave circunspección que exige tu destino, sin un amigo a quien referir tus debilidades de mortal… Pues bien; cuéntamelo todo, y veamos si puedo servirte de algo.