El clavo
El clavo V. Memorias de un juez de primera instancia
II
Pedí, pues, dos meses de licencia, me los concedieron… gracias a ti. ¡Nunca me hubieras hecho aquel favor!
Mis relaciones con Blanca no fueron amor: fueron delirio, locura, fanatismo.
Lejos de atemperarse mi frenesí con la posesión de aquella mujer extraordinaria, se exacerbó más y más: cada día que pasaba, descubría nuevas afinidades entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos manantiales de felicidad…
Pero en mi alma como en la suya, brotaban al propio tiempo misteriosos temores.
¡Temíamos perdernos!… Ésta era la fórmula de nuestra inquietud.
Los amores vulgares necesitan el miedo para alimentarse, para no decaer. Por eso se ha dicho que toda relación ilegítima es más vehemente que el matrimonio. Pero un amor como el nuestro hallaba recónditos pesares en su precario porvenir, en su inestabilidad, en su carencia de lazos indisolubles…
Blanca me decía: