El clavo
El clavo —Nunca esperé ser amada por un hombre como tú; y, después de ti, no veo amor ni dicha posibles para mi corazón. JoaquÃn, un amor como el tuyo era la necesidad de mi vida: morÃa ya sin él; sin él morirÃa mañana… Dime que nunca me olvidarás.
—¡Casémonos, Blanca! —respondÃa yo.
Y Blanca inclinaba la cabeza con angustia.
—¡SÃ, casémonos! —volvÃa yo a decir, sin comprender aquella muda desesperación.
—¡Cuánto me amas! —replicaba ella—. Otro hombre en tu lugar rechazarÃa esa idea, si yo se la propusiese. Tú, por el contrario…
—Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero saber que eres mÃa para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes que nunca transijo en materias de honra… Pues bien; la sociedad en que vivimos llama crimen a nuestra dicha… ¿Por qué no hemos de rendirnos al pie del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te quiero santa! ¡Te amaré entonces más que hoy!… ¡Acepta mi mano!
—¡No puedo! —respondÃa aquella mujer incomprensible.
Y este debate se reprodujo mil veces.