El niño de la bola
El niño de la bola Manuel seguÃa con la cabeza baja y aparentemente tranquilo; y, cuando el cura hubo callado, le preguntó con lentitud y precisión:
—DÃgame usted: ¿y Soledad? ¿Qué ha respondido a su padre?
—¡Vaya una salida! ¡Nada! ¿Qué habÃa de responderle?
—Pero, ¿ha dado muestras de sentimiento? ¿Ha llorado?
—Soledad es como tú. ¡Soledad no llora!
—¿Y cómo sabe usted que no ha llorado en esta ocasión?
—¡Toma! Porque también se lo he preguntado yo a su madre. ¿Crees que, porque estoy vestido de cura, no entiendo yo de estos negocios?
Manuel continuó preguntando:
—¿Y qué dice la señá MarÃa Josefa? ¿Sigue creyendo que su hija me quiere? ¿Espera que se someterá a la voluntad de su padre?
—¡Mira, niño! —respondió el cura muy amostazado—. ¡Aquà no hemos venido a hablar de Soledad, sino de ti! ¡A mà no me mareas tú!
—¿De modo que no quiere usted decirme la opinión de la madre? —exclamó el joven con sentido acento.
—¡No, señor! ¡De ningún modo!