El niño de la bola
El niño de la bola El joven siguió a su protector sin levantar la cabeza, pensando más, indudablemente, en sus propios recursos y en los atrevidos planes que formó aquel día que en lo que el cura tuviera que decirle.
Llegados al próximo camino de las Huertas, don Trinidad Muley (de quien hemos olvidado decir que a los treinta y siete años de edad era ya excesivamente grueso) se paró como una nave que da fondo; quitóse el enorme sombrero de canal[109], se limpió el sudor con un gran pañuelo de hierbas[110], tomó aliento dos o tres veces, y habló así:
—Pues, señor, ¿para qué andar con circunloquios? ¡Es menester que olvides a Soledad! Su padre te aborrece con sus cinco sentidos, y no te la entregará nunca. ¡No me lo nombres! ¡Prefiero verte muerta!, le dijo ayer, en contestación a tu sensato mensaje; e inmediatamente mandó al Colegio por la silla y demás efectos de la muchacha, haciendo decir a la maestra «que Soledad era ya demasiado grande para aprender tonterías». Todo esto me lo acaba de contar, llorando, la señá María Josefa en una entrevista misteriosa, para la cual me citó hace una hora, y que hemos celebrado en casa de otro sacerdote. ¡La pobre mujer es una santa! Con que, ¡lo dicho! ¡Es menester que me des palabra de honor y hasta que me jures no volver a acordarte de Soledad!