El niño de la bola
El niño de la bola —¡Ah, viejo infame! —gritó Manuel, volviéndose hacia el caserón con el puño cerrado, como amenazando derribar aquellas paredes y sepultar bajo sus escombros a don Elías.
Y se encontró cara a cara con don Trinidad Muley, que hacía ya un rato estaba interpuesto estratégicamente entre su atolondrado pupilo y la casa del usurero.
—¡Tienes razón! ¡Es un pícaro, y por eso he venido yo a buscarte! —dijo el clérigo, cogiendo de un brazo a Manuel.
—¡Señor cura! —exclamó éste con desesperación—. ¿Por qué no me dejó usted morirme el día que enterraron a mi padre?
—¡Muchacho!, ¿qué dices? ¡Eso es una blasfemia! —contestó don Trinidad, estremeciéndose—. Anda. Vámonos de aquí. Tenemos que hablar. El día está bueno, y tomaremos el sol en el camino de las Huertas. Allí no hay nadie a estas horas.
Manuel había inclinado la cabeza sobre el pecho y caído en una profunda meditación.
—Vamos, vamos. Sígueme —continuó diciendo el sacerdote—. No te abatas de esa manera. Para todo hay remedio en este mundo, máxime cuando se tienen sentimientos cristianos. Yo te diré lo que hay que determinar en el presente caso. ¡Conque anda, que aquí hace mucho frío!