El niño de la bola

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—¿Qué mejor recurso le queda al acorralado Caifás —decíase el joven, rebosando júbilo, soberbia y confianza— que transigir conmigo, que escapar a mi furia, que liquidar amistosamente con el espectro de mi padre, con el público y con Dios? ¡Nada! ¡Nada! ¡Soledad es mía! ¡Terminaron mis penas! ¡Desde mañana comenzaré a trabajar y dentro de cuatro o cinco años seré bastante rico para casarme con mi adorada!

A todo esto iban a dar las doce, y el cobrador del prestamista no salía del palacio en busca de la educanda. ¿No habría ido ésta aquel día al Colegio? Los minutos se le hacían siglos al impetuoso Venegas, y desde aquel instante comenzó a dudar de la solidez del edificio de sus esperanzas.

Dieron, por último, las tres Avemarías[107] todos los campanarios de la población, y las niñas comenzaron a salir del Colegio, primero en grupos, luego desperdigadas. ¡Soledad era la única que no salía! ¡Y el criado no iba tampoco por ella!

Manuel no pudo contenerse más, y acercándose a una colegialilla de cinco o seis años que se había quedado rezagada y pasó cerca de él, le preguntó con afectada indiferencia:

—Dime, niña: ¿y Soledad? ¿No ha venido hoy al Colegio?

—No, señor —respondió el gorgojo[108]—. La han quitado, ¡por mala!


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