El niño de la bola

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VIII

PERIPECIA

El día siguiente, a las once de la mañana, estaba ya Manuel a la puerta del Colegio, en busca de la contestación que aguardaba de parte de don Elías, y mientras era llegada la hora de que la niña saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas maestras —así suelen discurrir los enamorados— tenían la gloria de verla coser y de oírla decorar sus lecciones, como si también ella fuese criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más lejos posible del mudo caserón, enmarañando y devanando por centésima vez en su cabeza mil encontradas conjeturas sobre la significación del rubor, de la mirada, de la sonrisa y de la fuga de la intrépida y silenciosa adolescente durante la escena de la víspera.

De lo que no podía dudar era de que Soledad le amaba, no ya sólo porque don Trinidad se lo hubiese contado la mañana anterior con referencia a la mujer del usurero, sino porque a él se lo había dicho su leal naturaleza al recibir aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos misterios) con que la niña, trocada en mujer, había transfigurado al niño en hombre.

En cuanto a lo que pudiese contestar don Elías a su demanda, Manuel estaba también completamente tranquilo.


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