El niño de la bola
El niño de la bola Ya era tiempo, pues en aquel instante comenzó a tronar una voz terrible al otro lado del portón; vióse salir muy asustada a la señá María Josefa en busca de su hija, y notóse que el viejo cobrador daba excusas a la persona invisible que rugía dentro del portal. Manuel, en medio del inefable arrobamiento que le había causado la indefinible mirada de la joven, sintió vibrar en su pecho la ira, y estuvo para correr también hacia el palacio. Pero luego se dominó bruscamente, y, encogiéndose de hombros, tomó con majestuosa lentitud el camino opuesto, sin volver la cabeza para ver lo que seguía ocurriendo en la plaza, de donde salió a punto que cesaron las voces y se oyó cerrar el portón.
—¡Mañana veremos! —iba diciéndose el mozo con la tranquilidad de la justicia y de la fuerza.