El niño de la bola

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—¡Imposible, don Trinidad, imposible! —contestó Manuel con un reposo y una dulzura que dieron a sus palabras más energía que si las hubiese dicho en el calor del entusiasmo—. ¡Aconsejarme que me desprenda de Soledad es pedirme toda la sangre de mis venas; y, aun suponiendo que la derramara y que pudiese criar otra, también sería suya a media vez que la nueva sangre pasara por mi corazón! Padre, mi corazón pertenece a Soledad, como la piedra pertenece al suelo; que, por muy alto o muy lejos que la tiren, siempre va a parar a él. Yo he pasado tres crueles años en la Sierra, lidiando por arrancarme este cariño, cuyas raíces corren por todo mi cuerpo y por toda mi alma, yo lo he expuesto en aquellas alturas al furor de los huracanes desencadenados, para ver si lo desarraigaban de mis entrañas, y sólo he conseguido fortalecerlo más y más por consecuencia de la misma lucha. Dígame usted ahora qué camino me queda. ¿Morirme? ¿Matarme? ¡Pues no quiero, porque eso es alejarme de Soledad!

—Muchacho, ¡tú eres el demonio! —respondió el cura—. ¡Tú hablas como esos libros prohibidos que llaman novelas, y que, en buena hora lo diga, no han caído todavía en tus manos! Y lo peor del caso es que no sé qué contestarte. Por consiguiente, dime tu plan, pues de fijo tendrás alguno.


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