El niño de la bola
El niño de la bola —¿Yo? —replicó Manuel con fanática tranquilidad—. Yo no sé lo que pasará el dÃa de mañana, ni por dónde habrá que romper esta cadena que llevo liada al cuerpo. ¡De lo que estoy seguro es de que Soledad será mÃa!
—Pero, ¿si no te quisiera?
—¿Se lo ha dicho a usted su madre?
—¡Dale bola[111]!. Su madre no me ha dicho eso, sino precisamente lo contrario. La pobre mujer sigue creyendo que su hija se alegrarÃa muy mucho de que el viejo transigiese contigo. Pero ¿si, lo que es un suponer, te olvidase la muchacha?
—¡No me olvidará, señor cura!
—Bien, pero ¿si don ElÃas se empeñase el dÃa menos pensado en casarla con otro?
—¡Tampoco puede suceder eso!
—¿Cómo que no? ¡Figúrate que la solicitara algún ricacho!
—No la solicitará nadie. El evitarlo es cuidado mÃo.
—¡Manuel!
—¡Señor cura!
—¡Me dan miedo tu frialdad y tu confianza!
—¡Y con razón! ¡Hay veces que yo también me asusto de mà mismo!
—¿Qué piensas hacer?