El niño de la bola

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—¡Sábelo Dios! Soledad me pertenece, y yo procuraré defenderla. No le digo a usted más.

—Pero yo no podré consentir. Yo no consentiré nunca que te dejes llevar de esa soberbia satánica que vas descubriendo. ¡Tenlo entendido desde hoy! Yo soy cristiano; yo soy sacerdote. A mí me gustan los valientes, pero no los iracundos; y, por tanto…

—¡Comprendo! ¡Comprendo! Me arrojará usted de su casa. ¡Es natural, y yo tendré paciencia!

—¡Vete al demontre! ¿Quién te habla de semejante cosa? Lo que digo que no consentiré es que hagas nada contra la ley de Dios, ni creo que tú seas capaz de infringirla. Pero si tal haces, no obstante el esmero que he puesto en enseñártela, me moriré de rabia de que no seas mi verdadero hijo (¡en cuyo caso te abriría en canal!) y de vergüenza de haber criado casi a mis pechos a semejante monstruo.

—Tranquilícese usted, mi buen padre —respondió Manuel con aquella gravedad que no debía a los años, sino a la tristeza de su vida—. ¡Yo no quiero más que justicia seca! ¡Justicia para todos! Defenderé mi derecho y lo haré respetar por todo el mundo: protegeré la libertad de la pobre niña, e impediré que su padre la sacrifique, como me ha sacrificado a mí; y por estos sencillos medios, no lo dude usted, Soledad será mi esposa.


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