El niño de la bola
El niño de la bola —Tú te entenderás, y yo no te perderé de vista. La verdad es que no hay que matar al sastre en una hora[112]. ¡Os queda mucho tiempo! Tú mismo, aunque saliste bruscamente de la niñez, hace seis años, cuando se murió tu padre y te volviste un somormujo, todavÃa no tienes edad de pensar en casorios. Y en cuanto a la mozuela, ¡ya ves, catorce años! ¡Nada, una hierbecilla! ¡Un diablo que os lleve a los dos! ¡Jesús! ¡Tengo un hambre! ¡Debe de ser más de la una! ¡Todo esto sin contar, mi querido hijo, con que don ElÃas pasa de los sesenta años, y se puede morir cuando Dios disponga! ¡Sesenta y cinco tiene, según mi cuenta! Además, ha habido muchos padres (yo recuerdo algunos) que primero han dicho que no y luego que sÃ. ¡Dios es grande y misericordioso; aprieta, pero no ahoga, y en teniendo uno la conciencia tranquila! ¡Diantre! ¡La una en el reloj de la Catedral! Anda, anda, démonos prisa, que hoy la sopa es de fideos y ya estará Polonia echando venablos[113]. Chiquillo, ¿no me oyes? ¿En qué piensas? ¿Tendré yo que pedirte el abrazo de paz? Pues, ¡te lo pido! ¿Estás ya contento?
Manuel abrazó, en cuanto era posible, la respetable mole de don Trinidad Muley, y no contestó palabra alguna; pero en su noble y hermosa frente se leÃan temerarias resoluciones.