El niño de la bola
El niño de la bola —¡Oye, oye! —decÃa entre tanto el usurero a su hija, que estaba abrazada a él, colgada de su cuello, y como sirviéndole de escudo—. ¡Oye cómo me insulta y me amenaza el que ronda tu dote! ¡Oye cómo te conquista ese tramposo, en lugar de pagarme el millón que me debe!
Manuel, a quien difÃcilmente sujetaba don Trinidad Muley (habiendo tenido para ello que llamar en su auxilio al Niño Jesús, cuya efigie le mostraba con fervorosos ademanes y discursos), percibió las últimas palabras de don ElÃas, y, lejos de enfurecerse más, serenóse de pronto, con aquella rapidez de transición que le caracterizó siempre, y quedó inmóvil, suspenso, frÃo, como una estatua de mármol.
—¿Yo? ¿Yo? ¿Yo le debo a usted un millón? —acertó a decir, finalmente, con el acento de la más noble ingenuidad.