El niño de la bola
El niño de la bola —¿Acaso lo ignoras? —repuso don ElÃas valientemente, como quien llega a su terreno—. ¿No me debÃa tres tu padre? ¿No le cobré dos? Pues, ¡el que debe tres y paga dos, resta uno! ¡Y tú, buen mozo; tú, que eres hijo y no has renunciado su herencia, me lo debes, como yo le debo el alma a Dios! De modo, señores —continuó, dirigiéndose a la Hermandad—, que toda la rifa anterior es nula y debe invalidarse por completo, dado que el dinero que ofrecÃa ese joven era mÃo, como lo será todo el que adquiera en este mundo hasta que me pague el millón que me debe.
—¡Qué hombre! ¡Qué infamias dice! ¡Y lo peor es que tiene razón! ¿No hay quien lo mate? —comenzó a murmurar la gente más temible.