El niño de la bola
El niño de la bola —¡Nadie lo toque! —gritó Manuel severamente—. Las cosas acaban de cambiar de aspecto, y ahora me corresponde a mà defender su vida. Yo ignoraba que era su deudor; pero, averiguado que lo soy, pues el semblante de ustedes me lo está diciendo con harta claridad, no quiero que nadie imagine que deseo la muerte de ese monstruo a fin de no pagarle. ¡Le pagaré! ¡Ninguno se asombre de lo que digo! ¡Le pagaré! Tengo absoluta seguridad de que no me engaño. ¡Yo sé de lo que soy capaz! Vive, pues, tranquilo, zorro viejo y astuto, que si don Rodrigo Venegas murió entre las llamas para que no se dijese que habÃa tratado de estafarte, su hijo hará algo más terrible y doloroso, que es no volver a ver a tu hechicera hija hasta haber ganado el millón que me reclamas. Me voy del pueblo, señores —añadió con voz solemne, dirigiéndose al público—. Me voy de España. Pero ¡volveré! ¡Volveré con oro bastante para pagar mi deuda y ahogar después en onzas a mi deudor! ¡Volveré, sÃ, y vendré a este mismo sitio, tal dÃa como hoy!, ¡lo juro por el alma de mi padre!, ¡a pujar la gloria de estrechar en mis brazos a ese ángel que el vil judÃo ha robado al cielo, a esa desgraciada que se llama su hija! ¡Ay del que la mire entre tanto! ¡Ay del que la pretenda! ¡Soledad es mÃa, y yo vendré a recobrarla y a matar al temerario que haya intentado siquiera atravesarse entre los dos! ¡En cuanto a ti, alma de mi alma, sé que sabrás esperarme! ¡Adiós, Soledad de mi vida! ¡Adiós, señor cura! ¡Adiós, Niño mÃo! ¡No os olvidéis de Manuel Venegas!