El niño de la bola
El niño de la bola Así dijo, y arrancándose de los brazos de don Trinidad Muley, y tirando con la mano un beso a Soledad y otro al Niño de la Bola, echó a correr hacia el interior de la población y desapareció de la vista de todos.
Soledad seguía impasible exteriormente, desde que la vida de su padre dejó de estar en riesgo; pero cuando quiso andar, le faltaron fuerzas para moverse, y hubo que llevarla en una silla a la carroza que fue de los Venegas.