El niño de la bola

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Pero no adelantemos noticias, que harto pronto llegarán a vuestro conocimiento. Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luego como se le incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no haber contestado a la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversación con él, diciéndole:

—¿Ha estado usted en alguna ocasión mucho tiempo seguido lejos de Málaga?

El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un abrir y cerrar de ojos, había respondido todo lo siguiente:

—¿Que si he estado? ¡Ya me figuraba yo que ahí era donde a usted le dolía! ¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso le ha hecho tanta operación el descubrir su tierra! Yo estuve primero dos años en el Moro (no crea usted que en presidio, sino por mi gusto), y luego he servido al Rey, digo, a Cristina, hasta que me dieron la absoluta[126], después que tomamos el puente de Luchana[127], donde fui herido. ¿Dice usted que si sé lo que son fatigas? ¡Pregúnteselo usted a la pobrecita de mi madre, en quien pensaba a todas horas aquella pícara Nochebuena, llamada también la Noche triste, en que Espartero ganó Bilbao! ¡Figúrese usted que yo la pasé desangrándome sobre la nieve en el mayor desamparo y soledad! Pero ¿qué dice este loro?


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