El niño de la bola

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—Soledad —había repetido el loro con todas sus letras.

Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al arriero:

—¿No ha estado usted nunca en la ciudad a que nos dirigimos?

—No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy peleadora. ¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luego se iría a las Indias a buscar fortuna. ¡La de todos! Si alguna vez vuelve usted a embarcarse para allá, pregunte en Málaga por Frasquito Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo de criado, pues lo que es con la arriería no llegaré nunca a salir de capa de raja[128].

Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que había vuelto a hacer alto, más conmovido que la vez anterior. Oíase a lo lejos el alegre repique de unas campanas, cuyo son había reconocido sin duda el joven. Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura, una aflicción de gozo (si vale hablar así), que a cualquier otro hombre le hubiera hecho derramar lágrimas.

—¡Vamos, señorito! ¡Repórtese usted! —exclamó el arriero—. Si teme usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas.


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