El niño de la bola
El niño de la bola —¡Desgraciado de ti —interrumpió Manuel— si le cuentas a alguien que me has visto de este modo! En cambio, si callas, te pagaré bien tu silencio. No quiero que se conozcan mis debilidades. Conque vamos andando.
La verdad era que el vehemente joven no podÃa ya con el peso de su alma; visto lo cual, y que no habÃa modo de correr y adelantarse en aquella dificultosÃsima cuesta, resolvió seguir hablando con el arriero, a fin de no volver a oÃrse a sà propio en presencia de tan indiscreto observador.