El niño de la bola
El niño de la bola —Esas campanas que repican —dÃjole, pues, con afectada naturalidad— son las de Santa MarÃa de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer domingo de abril, habrá, como todos los años en tal dÃa, una gran función en aquella parroquia. ¡Qué alborozo respirará ahora mismo todo el barrio! Alguna persona conozco yo que dirigÃa en su niñez esos jubilosos repiques. ¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas dejen de ser las mismas! ¡Verás qué hermosa procesión sale de allà mañana a la tarde! ¡La procesión del Niño de la Bola! Y si te detienes en la ciudad, pasado mañana podrás ir a la rifa, a las Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances. ¡Allà se puja todo: el baile, los abrazos, la felicidad, la vida del alma; el destino de las criaturas! Pero ya se ha puesto el sol, y la cuesta es menos pendiente. Vamos aprisa, a fin de pasar el vado del rÃo antes de que oscurezca, pues sentirÃa que se mojasen esas cargas.
Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió espuelas al caballo, y pronto se encontró solo en la llanura, o sea en unas dilatadas alamedas que allà pregonan la proximidad del citado rÃo. La ciudad distaba todavÃa bastante; pero aquello era ya, en cierto modo, estar bajo sus muros.