El niño de la bola
El niño de la bola Había comenzado a oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire, en cuya primaveral fragancia reconocía el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se había criado; el armonioso rumor, igual siempre, y para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estación del año, al caer las sombras de la noche los más humildes cantores del Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los adolescentes trigos, todo sumergió a Manuel en una profunda paz moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma que el esperanzado deseo. Estúvose, pues, parado algunos minutos en aquella tranquila margen del Rubicón de su pobre historia, como dando reposo al fatigado espíritu antes de las supremas emociones que le aguardaban, o acaso preguntándose fríamente si, en lugar de encaminarse hacia la dicha, se dirigiría hacia un total infortunio. ¿Viviría Soledad? ¿Le habría sido fiel, ella, que nada le había prometido? ¿Habría habido algún hombre capaz de tomarla por esposa? ¿Viviría el terrible anciano? ¿Seguiría negándose a toda transacción? ¿Se atrevería Soledad en este caso a unirse con el hijo de don Rodrigo Venegas, después de la espantosa escena de la rifa? ¿Le amaba a tal extremo? ¿Le había amado alguna vez? ¿Qué aguardaba al proscrito a la vuelta de su largo destierro? ¿Horribles dolores? ¿Crueles desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y fatigas?