El niño de la bola

El niño de la bola

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La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al joven de aquel estado de culminante inquietud, no menos amargo, aunque de distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los facinerosos casi a la vista de los muros de Teruel[129].

Pasaron el río nuestros caminantes, y entraron en los largos callejones, guarnecidos de olorosos panjiles[130] y de zarzas, espinos y otras especies de setos, que conducen, a través de muchos pagos de viña, a las puertas de la ciudad; y ya estarían a quinientos pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo inmemorial, oyóse una voz de mujer que decía:

—Manuel, ¿eres tú? Hazme el favor de oír una palabra.








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