El niño de la bola

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II

LA REALIDAD

Manuel refrenó el potro, y, a la luz de la lámpara que alumbraba aquel humilde santuario, vio, de pie, a la entrada de dicho porche, separado del interior de la ermita por unos barrotes de madera, la imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió al verlo detenerse:

—¿Conque eres tú? ¡Gracias a la Virgen Santísima! ¡Temí que hubieses echado por otro camino!

—Sí, señora. Yo soy —respondió Manuel, lleno de asombro—. Y usted, ¿quién es? Yo quiero reconocer esa voz.

—Soy la madre de Soledad —repuso la mujer con dulzura.

Oír el joven esta frase y estar en el suelo fue una misma cosa.

—¡La señá María Josefa! —exclamó vivamente conmovido—. Espere usted un momento, señora. Oye, tú, arriero: sigue adelante, y espérame a la entrada de la ciudad. ¡Cuidado con hablar ni una palabra!

El malagueño siguió andando, muerto de curiosidad por saber algo de lo mismo que se le prohibía decir, y Manuel ató su cabalgadura a uno de los viejísimos álamos blancos que entonces rodeaban la ermita, en cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con afectuosa voz:


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