El niño de la bola

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—¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? ¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?

—Por don Trinidad Muley —contestó la que ya podemos llamar vieja, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas a la cara, para que tocase su llanto—. Pero no acuses al señor cura por haberme revelado tu secreto. ¡Era preciso que yo lo supiera! Además, él no guarda misterios conmigo. ¡Sabe lo que te quiero! ¡Lo que te he querido desde que murió tu padre! Ven, siéntate aquí. ¡Tenemos que hablar mucho, y estoy cayéndome!

Así diciendo, la buena mujer acercó al joven a uno de los asientos de cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche, y que sirven de lugar de descanso a paseantes y devotos.

Manuel estaba estupefacto, o, por mejor decir, perdido en un mar de encontradas conjeturas. Sentóse, pues, sin atreverse a preguntar más, de miedo a desvanecer los últimos sueños de su esperanza. Pero, viendo que su interlocutora no acertaba tampoco a explicarse, dijo al fin con trabajosa resignación:



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