El niño de la bola
El niño de la bola —Algo muy bueno o muy malo ocurre, cuando usted ha salido a recibirme de esta manera. No quiero ponerme en lo peor, y comienzo por admitir lo que serÃa la felicidad para todos. ¿Ha venido usted a aconsejarme que no entre en la ciudad en son de guerra, visto que su esposo de usted transige, o podrÃa transigir conmigo, si yo me acomodase a guardar tales o cuales miramientos? Respóndame con entera franqueza. ¡Ah! ¡Se calla usted! ¡Luego no es eso lo que ha venido a pedirme!
—No, Manuel. No es eso —repuso la atribulada madre—. Lo que yo he venido a pedirte (y perdona que te hable de tú;, pero asà te hablé cuando eras muchacho, ¡y bien sabe Dios que siempre te he querido como a un hijo!); lo que yo vengo a suplicarte es que te vuelvas. ¡Que no entres en la ciudad! ¡Te lo ruego, por lo que más ames en el mundo!
Manuel respondió sarcásticamente:
—¡Por lo que más ame en el mundo! ¡Qué contradicción y qué escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo? ¡Que me vuelva! ¡Que no entre en la ciudad! Eso es muy fácil decirlo; pero pÃdale usted a un rÃo que vuelva a la montaña, y verá qué caso le hace. En fin, ¿a qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted tenÃa que decirme: que don ElÃas sigue negándose a todo; que estamos como al principio; que tendré que luchar. Pues ¡lucharé cuanto sea necesario!