El niño de la bola
El niño de la bola —Tampoco es eso, Manuel. Mi marido no se opone ya a nada.
—¡Ah! ¡Don ElÃas transige! —exclamó el joven, lleno de sorpresa y alegrÃa—. Pues, entonces, ¿qué nos detiene? ¿Qué puede importarnos el resto del mundo? Yo vengo dispuesto a todo. ¡Conozco que aquel dÃa estuve demasiado cruel! Además, le traigo su millón. Aquà lo tengo, en letras sobre Málaga. ¡Mi padre, al verme pagar esta deuda, bendecirá mi unión con Soledad! ¡Ah, señora! ¡Acabo de nombrar al alma de mi vida! ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho años que no tengo noticias suyas! DÃgame usted que me quiere todavÃa; que ella es la que ha vencido a su padre. ¡Se calla usted también! Señora, tenga usted mejores entrañas. ¡Sáqueme de esta horrible angustia! ¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?
—TranquilÃzate, hijo mÃo. ¡Me asusta verte asÃ! —respondió la pobre mujer, llorando de nuevo—. Yo te lo diré todo si me juras volverte, si me juras no entrar en la ciudad. ¡Oh! ¡No pongas esa cara! ¡No te irrites! ¡Dios mÃo! ¿Para qué querrá este hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como yo?