El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Hable usted, señora, por los clavos de Cristo, y, sobre todo, no me diga más que me vuelva! ¡Eso es un sacrilegio, cuando vengo de pasar ocho años de expatriación y de lucha, y acabo de andar miles de leguas, pensando siempre en llegar adonde ya he llegado! ¡Hable pronto, o monto a caballo y voy a su casa de usted a averiguar por mí mismo el horror que trata de ocultarme! Pero me equivoco, me atormento demasiado. ¡No es posible que Soledad haya muerto! Lo que sin duda ocurre es que su marido de usted pretende algo muy difícil, algo absurdo. ¿Digo bien? ¿Es eso? Pues no se apure usted. Todo se arreglará con calma y moderación.

La señá María Josefa vaciló todavía unos instantes, hasta que al fin murmuró sordamente:

—Vuelvo a decirte que mi marido no pretende nada. ¡Mi marido ha muerto!

—¡Loado sea Dios! —exclamó el Niño de la Bola con la feroz solemnidad de una implacable justicia—. ¡Si hay otro mundo después de éste, ya habrá sido vengado mi padre! Perdono al autor de todas mis desgracias.

—También te perdono yo a ti —repuso la triste viuda— esa crueldad con que recibes la noticia de una de mis penas, y te lo suplico que no sigamos adelante. ¡Vete, Manuel! ¡Vete por donde has venido, y no quieras saber más desdichas!


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