El niño de la bola

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Hubo un instante de silencio, durante el cual se oyó el tempestuoso latido de aquellos dos corazones.

Manuel fue el primero que recobró aliento para seguir marchando hacia el abismo, y dijo con la pavorosa tranquilidad del que se suicida:

—Nada tiene usted ya que explicarme. Soledad se ha casado.

La madre cayó de rodillas, por toda contestación, y tendió hacia el joven las manos cruzadas, como pidiendo indulto.

Reinó otra vez un funerario silencio.

Venegas permaneció algunos instantes bajo el peso de las ruinas que acababan de caer sobre su alma. ¡Todo un mundo se había hundido en ella! El coloso tuvo un momento, sólo un momento, la suprema ilusión de creerse inferior a su desventura, imaginándose también esta vez, como la triste noche que siguió al entierro de su padre, que había muerto y sido sepultado.

Pero no tardó en rehacerse la fiera bajo los escombros de su juventud malograda, y salió de entre ellos mucho más horrible que del terremoto que puso fin a su niñez: lanzó un tremendo alarido, que hizo temblar y botar espantado al noble bruto que le aguardaba allí cerca, y, agachándose hacia la horrorizada víctima que yacía a sus plantas, díjole con enronquecida voz:


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