El niño de la bola
El niño de la bola Los necesitados de dinero recordaron además la generosa esplendidez con que el hijo de don Rodrigo sacaba de apuros a los pobres cuando sólo poseía algunos miles de reales, y prometiéronse, al saber que llegaba de Indias con tres cargas de onzas, salir de deudas y trabajos, sin más que presentarle una apuntación de lo que les hacía falta para ponerse a flote. Las mozas por casar, especialmente las llamadas señoritas, preguntaron si venía soltero, y hablaban pestes de la Dolorosa. Pensaron los médicos en que tenían un buen cliente más; los sacristanes discurrieron sobre cuánto valdría el entierro de un indiano tan rico, en la previsión de que se muriese al hallar casada a su antigua novia; conocieron los matones sede vacante[132], que había llegado el propietario de la precaria autoridad que ejercían interinamente, y convinieron, por tanto, en que el Niño de la Bola debía matar a Antonio Arregui (tal era el nombre del marido de la Dolorosa), a ver si de resultas lo ahorcaban a él, suponiendo que Antonio Arregui no comenzase por matarlo; receló el nuevo Obispo de la diócesis, persona muy santa y entendida, si aquel extraño personaje vendría a perturbar las conciencias; el Alcalde y el Juez temieron que les hubiese caído trabajo, y Escribanos y Procuradores, que trabajaban por arancel[133], holgáronse, a la inversa, en tal expectativa. Todos, en fin, auguraron una tragedia espantosa al entregarse aquella noche en brazos del sueño con la mayor comodidad posible, dándose acaso cuenta, mientras se arropaban y tomaban la postura favorita, de que no amaban al prójimo tanto como a sí mismos, y alegrándose indudablemente de que ninguna persona de su casa o de su particular afecto se hallara en el duro trance de Antonio Arregui, de Soledad y de Manuel Venegas.