El niño de la bola
El niño de la bola Era ya muy tarde para que en un pueblo tan anticuado se prolongaran mucho en calles y plazas los corrillos y comentarios de las gentes, aun tratándose de negocio de tanta monta; por lo que todos se contentaron con cerciorarse de la verdad del hecho, y se marcharon a sus casas a rumiarlo santamente en familia, al propio tiempo que la ensalada de la cena. Podemos, pues, asegurar que, empezando por el palacio del señor Obispo y concluyendo por la última cueva de gitanos, todo el mundo se acostó y durmió aquella noche pensando en nuestro héroe, en la dramática historia de su juventud, en su amor a Soledad, en las amenazas que profirió al marcharse y en el conflicto que de seguro iba a ocasionar su vuelta.