El niño de la bola

El niño de la bola

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V

DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI

Meses, años, lustros (o, por lo menos, un lustro y parte de otro) pasaron sin que volviese a haber noticias del mal llamado Niño de la Bola. Digo más: hasta hace dos horas y media no ha sabido nadie de la ciudad si era muerto o vivo, si había logrado enriquecer o estaba en la miseria, ni qué zona, clima o región del globo presenciaba su gigantesca lucha con el Hado.

—Pero, ¿por qué no escribía? —interrogó la madrileña, cuyo interés hacia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado a los gustos literarios de entonces[152], se comprenderá fácilmente.

El señor de Mirabel respondió en el acto:

—¡Tampoco escribió Diego Marsilla a Isabel de Segura en la comedia que está hoy tan de moda, y que tanto entusiasma a usted! Además (y dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no era hombre de hacer las cosas a medias, y, por tanto, explícase muy bien que le repugnara dar cuenta y razón de su paradero y del estado de sus fondos. Esto hubiera sido en cierto modo hallarse presente y ausente a un propio tiempo; de donde se habría debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura a todo lo arcano y misterioso; doctrina artístico-literaria que se me ocurre en el calor de la improvisación, y respecto de la cual, los clásicos, convenimos con ustedes los románticos.

—¡Adelante! —repuso la veterana deidad.


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