El niño de la bola

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—Ni, ¿a qué escribir tampoco? —prosiguió el retoñado[153] viejo—. Sus tremebundas amenazas no podían menos de estar vivas en la memoria de estos naturales y repetirlas era como presuponer el propio interesado que alguien pudiese echarlas en olvido. En cuanto a escribir a la misma Soledad, excusado es decir que hubiera sido inútil, dado que el astuto y vigilante don Elías habría interceptado todas las cartas. Mas, aun prescindiendo de tal consideración, ¿qué podía Manuel decir a la joven? ¿Que no le olvidara? ¿Que lo quisiese? ¿Que lo aguardase hasta su regreso? ¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas no se piden, y hasta me aventuro a añadir que el suplicarlas es contraproducente! ¡Ergo no debe acusarse al hijo de mi amigo (como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito a nadie durante su prolongada ausencia! ¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo!

—¡Tú, Mirabel! —exclamó la jubilada esposa del anciano jurisconsulto—. ¡Repara lo que dices! ¿Te vas a comparar ahora con ese muchacho?

—¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados bajo su aspecto artístico —replicó don Trajano, con tal autoridad, que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.


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