El niño de la bola
El niño de la bola —¡Detenedlo! ¡Detenedlo! —exclamaron, haciéndose hacia atrás, las dos o tres personas que, por estar más cerca, pudieron ver que se levantaba—. ¡Detenedlo, que no se ha calmado!
Manuel arrojó a los que tal decÃan una mirada y una sonrisa espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara a un lado y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente hacia el balcón.
Pero entonces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible, que le decÃa con indignado acento:
—¿Adónde vas, desgraciado? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño te he hecho yo con amarte?
Y al mismo tiempo vio que una especie de montaña de oro le cerraba el camino interponiéndose entre él y la casa que iba a asaltar.
Era el corpulento don Trinidad Muley, el cura de Santa MarÃa, el preste de la procesión, revestido con capa pluvial de tisú de oro y plata, hecha como de molde para lucir sobre tan amplia y majestuosa figura.
Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo de amor y melancolÃa al encontrarse cara a cara con el digno sacerdote, con su antiguo protector, con su segundo padre, con el ser a quien más debÃa en el mundo, y le besó las manos y el rostro, entre exclamaciones de entusiasmo y tiernas lágrimas de la multitud.