El niño de la bola

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—¡Déjame! ¡Aparta! —decía entre tanto el experto don Trinidad—. ¡La procesión no puede detenerse! ¡Te repito que eres un ingrato! ¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!

En el ínterin, Soledad y su madre habían desaparecido.

—¡Perdón, señor cura! —balbuceó Manuel, avergonzado de haber ofendido a su bienhechor.

—¡Déjame! ¡No quiero verte! —replicó don Trinidad, fingiéndose cada vez más furioso.

—No me rechace usted, señor cura —insistió el joven—. ¡Piense que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperación con sus desprecios!

—Pues entonces, ¡agárrate y sígueme! —contestó su antiguo padrino—. Pero cállate ahora. Aquí no se puede hablar. ¡Señores! ¡Adelante con la procesión!

Y, al decir esto, el párroco alargaba a Manuel un pico de su capa pluvial, de cuya fimbria[191] se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo, tan necesitado de verdadero cariño.

Y la procesión se puso en marcha; y en pos de ella iba don Trinidad Muley cantando estentóreamente y mirando de reojo a Manuel para que no se soltase; y en pos de don Trinidad caminaba el terrible joven asido a la sacra vestidura; y en pos de la rescatada oveja (frase de don Trajano) bullía un gentío inmenso, que gritaba:


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